jueves, 28 de octubre de 2010

1:07 a.m. y me pillaste reordenando bondades...

Qué bien suena tu voz por teléfono, llamando desde cualquier parte del mundo. Qué bonito despertar con un email de buenos días, por no hablar del placer que es saber que estás exáctamente a cinco minutos para ti, diez para mí, por la logística...
Cuánto presumo ante mí misma de contar contigo tan cerca, tan dentro de mi vida. Cómo me encanta planear cómo sorprenderte la próxima vez o imaginar cómo me sorprenderás tú. Y después de despedirnos, me gusta recordar detalle por detalle, gesto por gesto, palabra por palabra de todo lo dicho, hecho y disfrutado esa tarde.

La conclusión es que es tan maravilloso como extraño que pase todo eso, y tan extraño como peligroso. Aunque tan peligroso como tentador. Y lo curioso es que a ti te da más miedo que a mí, a ti, que no tendrías nada que perder si esto explota. Tú, que te quedarías con el recuerdo de todo esto más con todo quello que tenías antes de que llegara yo...

Y en una llamada a la 1:07 a.m. me demostraste tu confianza de la mejor manera posible: me enseñaste que no eres perfecto.
Esto también debería añadirlo a las cosas que me gustan de ti y por las cuales voy a jugarme el pellejo.

martes, 5 de octubre de 2010

Me crearán adicción tus constantes puntos suspensivos...

Empiezo a preocuparme por mi seguridad. Por la muralla que me rodea y me protege de todos y todo, menos de ti. Empieza a preocuparme la facilidad con que todos mis recursos quedan al aire si te miro a los ojos, o si son ellos los que me miran.

Empiezo seriamente a preocuparme que, habiéndome jugado la vida en las distancias cortas contigo tres veces en menos de una semana, ya sienta que esto va a acabar conmigo. Esto. Precisamente lo último que podríamos permitinos es esto. Tú y tu vida tres escalones por encima de la vida de cualquiera. Yo y mi vida a ras de normalidad.

Me daré un margen. Se acabaron los lujos que sé que no puedo permitirme. Y tus altas velocidades y tus manos frías, como las mías. El problema es que siempre que pienso en tus manos, pienso que no somos tan distintos, que tus brazos sí son cálidos y que encajo a la perfección en ellos... y vuelvo a plantearme si, quizá no debería darme un margen sino, simplemente, vivir y tirar de la goma un poco más...hasta que se rompa...hasta que esto sea una equivocación absoluta en la que ambos seamos damnificados.


He de reconocer que me gustaría que te quedases. Y que nos equivocáramos juntos después...